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  • Las jerarquías artísticas como construcción cultural y el kitsch como el escalafón más bajo

    La cultura, y especialmente el desarrollo de sus políticas prácticas, se construye a partir de unas narrativas o discursos que emanan del poder, entendiendo por poder la simbología cultural del grupo social dominante. Es esencial tener este aspecto presente para poder ejercer una valoración crítica de estos procesos. Actúan como una institución fuertemente cultural y, por tanto, fuertemente legitimadora de unas prácticas y símbolos determinados. De hecho, la mayor parte de las veces este proceso se lleva a cabo de forma inconsciente por parte de los agentes que intervienen en él.

    En el ámbito de la educación vinculada al arte, este proceso se percibe todavía con mayor claridad, aunque su presencia impregna todo el sistema educativo. Hay que tomar conciencia y partido para poder generar prácticas subversivas que inviertan, aunque sea parcialmente, este proceso. Todo ello para que la educación suponga un verdadero camino facilitador de la construcción identitaria, personal y colectiva, y no ejerza un papel de delimitadora y clasificadora de las experiencias culturales y de los grupos y personas que se identifican con cada una de ellas.

    Todas estas prácticas se legitiman a través de los instrumentos ejercidos desde instituciones poderosas como el Arte. Entendido este en su faceta de institución, y sus instrumentos de legitimación predilectos, la historia y los museos. Una construcción cultural que se ejerce desde el poder y que se inicia en el planteamiento de dualidades altamente aceptadas en el ámbito institucional y académico-político, y que se transmiten piramidalmente mediante el proceso educativo, siendo asimiladas como precepto de normalidad, sin apenas cuestionar su verdadera significación.

    Cuando generamos categorías estéticas para distinguir entre arte o artesanía, entre lo que es o no es arte, entre lo que debe ser digno de estar en un museo o no, construimos jerarquías culturales que no son en absoluto inocentes y que, categóricamente, no son en absoluto valores o criterios universales.

    De entre las categorías jerárquicas que están directamente construidas por las instituciones artísticas en su relación con la sociedad en que se inserta, encontramos las clásicas divisiones entre: arte y artesanía, alta cultura y cultura popular, buen gusto y mal gusto, etc. que ejercen un papel determinante en cómo este es percibido.

    Todo ello, determina en gran medida si la cultura sirve como instrumento de control y mantenimiento de estructuras establecidas, y así es como se interpreta en numerosas ocasiones desde el ámbito político. O, por el contrario, sirve al desarrollo integral y libre del ser humano, estableciendo los instrumentos de relación adecuados.

    En esa estructura jerárquica, el kitsch representa la esfera más baja de la pirámide. Especialmente en lo que se refiere a la noción de “mal gusto” frente al “buen gusto”. Una clasificación categórica basada en jerarquías de valores, en ocasiones, excesivamente simplistas. Buen gusto frente al mal gusto, culto frente al popular, arte “auténtico” frente a arte kitsch, elegante frente a cursi, etc. Algunas de estas jerarquías son difícilmente justificables, cargadas de intencionalidades de perpetuación de una situación ventajosa de poder. De nuevo, la que con más razón podemos someter a severo juicio crítico, es aquella que viene dada por algo que se califica por determinados grupos como: “buen gusto” y algo que se califica, también por esos mismos grupos, verdaderos árbitros del gusto, como “mal gusto.” En realidad, estamos hablando de gusto de los grupos dominantes o con pretensiones dominadoras y gusto de los grupos dominados culturalmente, en un determinado ámbito.

    El kitsch, lo cursi, incluso la llamada cultura popular, generan conceptualmente una situación difícil, especialmente en una sociedad que cada vez se torna más compleja, y en la que algunos o muchos de esos valores dominantes siguen muy presentes en ellas. Valores y conceptos que se encuentran en constante revisión y puesta en valor por nuevos grupos de dominación emergentes, sobre todo respecto al mundo de las artes y la alta cultura. Enfrentados a valores de dominación tradicionales, como los representados en gran parte por el kitsch, y que continúan muy presentes en otros grupos sociales que no dominan actualmente las estructuras del sistema de las artes, desde un punto de vista intelectual.

    Se trata de una situación en la cual, la llamada alta cultura o cultura de elite genera, o más bien generó en su día, toda una estructura de distinción social muy claramente establecida por Bordieu. Bajo un doble discurso de crítica feroz, con un claro fin de establecer distancia jerárquica, trata de ridiculizar y debilitar las prácticas culturales que no pertenecen a su grupo social. Precisamente porque esas prácticas intentan aproximarse, en sus modos y apariencias, al modelo establecido de alta cultura, identificada a veces con el apelativo de “cultura distinguida,” lo que ya dice mucho de sus verdaderas intenciones.

    La actitud kitsch o cursi se establece como una formulación de reflejo o imitación, que trata de vincularse al llamado buen gusto, con el fin de obtener ese reconocimiento social y cultural que acaba siéndoles vetado una y otra vez por “inauténtico,” por “falso.” El poder cultural establece así un sistema que acaba coartando la libertad de un verdadero desarrollo cultural propio y diferente al establecido desde el elevado nivel jerárquico.

    Texto reelaborado a partir de escritos propios anteriores publicados en medios académicos.

  • El kitsch y su efecto transfigurador

    Para terminar con la serie dedicada a la estética kitsch en el blog culturavisual.cc reflexionamos sobre uno de los efectos más poderosos que nos enseña nuestra relación con el kitsch. La transfiguración. Se trata de un concepto planteado en el ámbito de las artes por Arthur Danto, analizando la obra de Andy Warhol y Marcel Duchamp. Un concepto, profundamente vinculado también con las propuestas artísticas de Jeff Koons, uno de los impulsores del kitsch como modelo estético, y que despierta filias y fobias, quizá más de las últimas.

    “La enfática afirmación de que el “barato” kitsch no tiene nada que ver con el “caro” arte, nos parece excesivamente pobre” (Giesz, 1973). Abrimos con esta cita la introducción a las aportaciones de Jeff Koons, en referencia al problema planteado respecto al papel del kitsch como una estética de la transfiguración y, por tanto, como un arte de profundas implicaciones reflexivas y un enorme y sutil juego de elaboración crítica, del que podemos extraer implicaciones. Implicaciones profundamente interesantes en el propio desarrollo del pensamiento. La obra de autores como Koons, genera nuevas reflexiones respecto a nuestra aproximación hacia los objetos y hacia la propia dinámica de la experiencia estética.

    Cabe insistir también de nuevo en este punto, en la importancia implícita de la existencia de la presencia del valor estético a la hora de poder incluir un objeto en el universo de las llamadas obras artísticas, un aspecto o presencia imprescindible, aunque no la única condición necesaria.

    La Fuente de Duchamp. Un urinario invertido y firmado con el apodo de Robert Mutt

    Pero detengámonos brevemente antes de hablar de Koons y de ese proceso de transfiguración del kitsch, en la obra de Warhol y Duchamp. Aunque la obra de ambos difiere, uno es la reproducción de un objeto, una imitación descarnada e hipertrofiada, las Cajas Brillo; y el otro es el propio objeto en sí mismo, en su más cruda realidad, La Fuente). Los dos son objetos con una aparente finalidad primordial, diferente a la de constituirse en reclamos de una experiencia estética sin más, donde esa experiencia va acompañada de un profundo esfuerzo de reflexión crítica, imprescindible en la asunción de esa experiencia estética en toda su complejidad. Aunque sabemos que ese proceso va acompañado de factores interpretativos múltiples, de la predisposición y de las diferentes condiciones de recepción.

    El kitsch, en su sentido más clásico, se presenta en pureza como un objeto estético sin más, cuyo objetivo es la consecución de una apariencia bella. Muy primaria y muy básica si se quiere, pero estética en definitiva, y así son presentados y, cómo no, comercializados, los objetos kitsch. Al igual que Jeff Koons, Andy Warhol fue uno de los pioneros en el desarrollo del arte institucionalmente legitimado, pero hábilmente situado en el espacio de los productos comercializables, incluso casi industriales.

    En este sentido, los trabajos de Koons sí que son directamente presentados bajo una aspiración y apariencia puramente estética, llegando a generar una gran similitud de formas, no tanto de contenido, con la propia estética kitsch. Presentando la mayor diferencia en que en las obras de Koons, existe una clara voluntad por generar un discurso estético kitsch, bajo una mirada crítico-reflexiva o directa y contrariamente oportunista, no importa en este caso, pero funcionan porque genera un proceso de transfiguración conceptual: un objeto presentado descarnadamente como kitsch y que precisamente por ello, es aceptado como arte, cuando curiosamente, se entendía este como el estado antagónico del mismo.

    Un proceso que Koons culmina, no a través de una transposición literal como en las cajas Brillo de Warhol, sino a través de la propia configuración del concepto trabajado, la propia categoría estética kitsch, desarrollando un proceso de autentificación y vinculación elitista. Lo que Koons nos muestra no es la banalidad convertida en arte, es todo un proceso de resignificación cultural que parte del propio proceso de recepción de las obras.

    Es significativo valorar como, en el caso de algunos de los objetos que podemos llegar a vincular al kitsch, sucede justamente lo contrario. Culminando el proceso de un objeto seria y pretendidamente artístico, que asume su propia categoría estética como su estado natural y no intencional, dentro de una especie de orden natural de las cosas y de cómo debe ser entendida la estética y la belleza.

    Precisamente, su propia y profunda seriedad intencional, es servida como el ingrediente perfecto para su vinculación al no arte, al kitsch, al espacio de la marginalidad masificada y mayoritaria.

    En cualquier caso y frente a las preguntas que autores como Rob Rieman (2009) se hacen respecto al kitsch: “¿Qué valores fomenta el kitsch? Y si el kitsch no es real, ¿qué lo es? ¿Qué consideramos la auténtica verdad, la auténtica belleza?” No cabe una sola respuesta, o bien únicamente cabe una respuesta. La que nos ofrece la verdadera experiencia estética, un proceso profundamente real y profundamente auténtico, vinculado a la experiencia vital, educativa, biográfica y de conciencia individual de cada ser humano. Una experiencia que debe ser superadora de los propios procesos institucionales y que se servirá del kitsch cuando le resulte necesario, si se está formado para ello, y se servirá igualmente del arte institucional si su espíritu y circunstancias así se lo exigen.

    Texto reelaborado a partir de escritos propios anteriores publicados en medios académicos.
    Imagen 1: Jeff Koons, Balloon dog (orange), 1994. Colección privada.
    Imagen 2: Fuente de Duchamp. 191. Un urinario de porcelana firmado con el nombre «R. Mutt»