Condiciones de recepción estética del cine
Los medios artísticos son medios de construcción e interpretación simbólica de mundos y del mundo. Pero requieren un período de adquisición y asimilación de la forma en la que estos medios desarrollan sus estrategias y capacidades comunicativas. Unas capacidades que se establecen mediadas por la experiencia estética, especialmente en los medios artísticos más contemporáneos, innovadores y vanguardistas.
El simple acto de acudir al cine, a ser posible, a una sala con proyecciones de cine de calidad, cine con una finalidad artística y poética, es en sí mismo un acto pedagógico, incluso un acto político de una importancia mucho mayor de la que parece. Es interesante aproximarnos a cómo nos ha hecho sentir, qué emociones nos ha provocado, si nos ha generado tensiones, si nos ha hecho sentir incómodos y preguntarnos el porqué, si nos ha provocado placer, si no lo hemos entendido o no hemos creído entender o qué hemos entendido cada uno de nosotros generando así un complejo universo de conexiones entre la película y nuestros propios universos.
Este tipo de prácticas facilitan sin duda una relación cada vez más íntima, más personal y más madura con el cine, explorando las conexiones que en nosotros provocan los estímulos del medio artístico cinematográfico, permitiéndonos conocernos mejor a nosotros mismos, conocer mejor a los demás y conocer y asumir el cine artístico como parte de nosotros y como si se tratara de una lengua ya propia y que podemos aventurarnos a empezar a hablar. Es decir, a poder desarrollar nuestro lenguaje audiovisual propio y construir mundos y maneras simbólicas de interpretar el mundo mediante las artes que favorecerán nuestra comprensión global del mismo. Contrariamente, al dicho que se aprende a escribir bien escribiendo o se aprende a pintar bien pintando, hay que defender, que también se aprende a escribir bien leyendo mucho y bueno, y se aprende a pintar bien viendo muchas obras buenas, conociendo, asimilando y reinterpretando desde una mirada propia. Por tanto, se aprende cine y el cine hace que aprendamos, esencialmente, viendo mucho cine de calidad.
Así Asimismo, las condiciones de recepción de estas prácticas también son fundamentales en el desarrollo de buenos visionados. Para empezar, podemos analizar algunas de las formas de visionado de producciones audiovisuales que existen en el mundo contemporáneo en el que nos movemos. Todo ello ha cambiado mucho y se prevé que continúe haciéndolo en años venideros, a partir de la irrupción de nuevos medios tecnológicos de recepción, especialmente a través de la difusión de contenidos a través de internet. Hace unos años las formas de visualización y recepción estética de una película se reducían básicamente a dos, el cine, es decir su proyección en salas y la televisión, asociada a su visionado en la intimidad del hogar, y aquí incluimos lógicamente los medios de reproducción de vídeo que se han ido sucediendo en los últimos años desde los sistemas Betamax, y VHS pasando por la aparición del DVD y finalmente el Blue-Ray. Estas prácticas no dejaban de tener un cierto contenido social, quizá derivado de la propia práctica social de acudir a las salas de cine de las que hablaremos más adelante. Las películas debían alquilarse físicamente en locales especializados, que solían exhibir las carátulas en mostradores, entre las que podíamos ir eligiendo aquella que nos interesaba ver. Ciertamente, la mayor parte de las películas que podíamos encontrar en estos establecimientos eran películas claramente de cine más comercial, lo que limitaba las posibilidades de un enriquecimiento audiovisual más complejo.
Además, había una serie de características relacionadas con el visionado de una de estas películas, que hacían que esta experiencia tuviese sus propios rituales, de igual forma que el cine tiene los suyos, aunque muy diferentes. Se trataba de alguna manera de una especie de compartición física de las películas, en el sentido de que, efectivamente, la película que queríamos podía estar alquilada por otra persona, lo que nos obligaba habitualmente a tener que elegir otra opción. Es decir, la misma película viajaba de casa en casa y de reproductor en reproductor, lo que obligaba a tratarlas como objetos valiosos y frágiles que nos proporcionaban todo un universo de experiencias estéticas de diferentes niveles y que compartíamos en este curioso sistema de intercambio por unas pocas monedas.
Esto era todo un proceso que llevaba su tiempo. Primero desplazarse al establecimiento, esto se solía hacer muchas veces en compañía de otra persona o más, con las que con posterioridad compartiríamos el visionado de la película, lo que convertía todo esto en un acto social en ocasiones bastante importante y muy vinculado a las relaciones sociales que establecíamos con amigos, familiares, parejas, etc. A veces la selección de la película o películas que íbamos a alquilar suponía todo un reto que conllevaba en ocasiones mucho tiempo, negociaciones y debates previos sobre la conveniencia de una u otra, incluso la participación del propietario o personas trabajadoras del establecimiento que solía ofrecer consejos, incluso de otros clientes que se sumaban a las conversaciones y recomendaban esta o aquella otra película. En definitiva, un ritual social previo y obligado que ya en sí mismo empezaba a generar una serie de expectativas, que, junto a todo el universo mediático y comercial del propio sistema, iban tejiendo sutilmente una serie de condiciones de recepción previas que lógicamente condicionaban los procesos de recepción de la película.
Finalmente, la película solía reproducirse también en un entorno social, casi siempre en compañía de otra persona o grupo de personas, con las que se experimentaba la relación con el cine como una acción social, reproduciendo parcialmente la propia experiencia del visionado en sala, pero cuyas condiciones en el propio hogar eran muy diferentes y que permitían también otro tipo de condicionantes sociales entre los que participaban en la experiencia que siempre resultaba mucho menos intensa que la experimentada en una sala, o al menos, muy diferente.
Las tecnologías de reproducción también influyen y mucho en las experiencias de recepción de una película. Lógicamente, no podía ser lo mismo en ningún caso la experiencia de visionado en una sala de cine, con una gran pantalla, y un entorno creado para mantener la máxima atención y la máxima implicación con la experiencia, que en el entorno cotidiano del hogar, que impone su propia cotidianidad y sus limitaciones tecnológicas, tanto del monitor de TV como de los sistemas de reproducción, a pesar de sus progresivas mejoras tecnológicas. Junto al hecho de que psicológicamente resultaba mucho más difícil abstraerse del entorno social creado que acababa siendo el protagonista.
La situación a la que nos enfrentamos en el presente se percibe diferente, ya que todavía persiste y goza de relativa buena salud, afortunadamente, la proyección de películas en salas de cine. Eso sí, con nuevos medios tecnológicos, espacios renovados y añadidos comerciales de todo tipo, que en algún caso rozan lo surrealista. Si bien es cierto que las salas se reducen y se concentran asociadas habitualmente a centros comerciales y de entretenimiento y que cada vez es más difícil encontrar salas con proyección de películas ajenas a los circuitos comerciales, cine independiente y cine con estéticas y narrativas menos convencionales, lo que limita mucho las posibilidades de visionado en las salas de cine. Sin negar lógicamente la existencia y la presencia dentro del llamado cine comercial de películas excelentes y con propuestas estéticas maravillosas y alejadas de los cánones más populares, que han conseguido incluso ser éxitos comerciales y de público sin renunciar a su apuesta artística y estética.
Junto al cine propiamente dicho, la conjunción de nuevos dispositivos junto a la mejora de los servicios de conexión a internet ha construido todo un nuevo abanico de condiciones de recepción que, eso sí, han sustituido prácticamente por completo la visualización a través de medios físicos de reproducción de vídeo (discos). Ello ha generado nuevas prácticas de recepción que influyen también en la forma en la que recibimos e integramos estas experiencias estéticas. La aparición de nuevos dispositivos de visualización, más allá de las propias pantallas o monitores de TV mejorados, con la incorporación de novedades como la Alta definición, el 4K o las pantallas 3D, como los dispositivos móviles, Smartphones, tabletas digitales, ordenadores cada vez más portátiles, etc. ha generado toda una revolución en la forma en la que visualizamos contenidos audiovisuales y cinematográficos.
Todos estos nuevos formatos de reproducción, así como la multitud de plataformas existentes genera un nuevo panorama en las condiciones de recepción de producciones audiovisuales que es necesario detenerse a analizar, debido a que también tiene consecuencias importantes en las dinámicas educativas vinculadas al cine. Incluso, no solo en la recepción, este tipo de plataformas se están convirtiendo de hecho en las principales productoras y creadoras de nuevos formatos de cine, que ahora nacen ya directamente concebidos para este tipo de distribución y visionados. El formato de serie es ahora uno de los formatos cinematográficos que más éxito está teniendo y que responde perfectamente a las nuevas formas de consumo cultural contemporáneas. Sin caer en el purismo cinematográfico, este tipo de formatos tienen también aspectos muy interesantes, que en ocasiones acaban siendo una especie de mega-largometraje dosificado.
Aunque en general este tipo de producciones continúa con los ritmos y narrativas propias del cine, a veces se pueden incorporar elementos estéticamente rompedores y se juega a experimentar teniendo en cuenta que tienen que atender a públicos muy diversos, en su mayoría jóvenes, que necesitan ser sorprendidos y que en general serán más proclives a recibir de buen grado determinadas experimentaciones. Aunque, lógicamente, estas innovaciones se desarrollan con mucha cautela y obviamente con un interés comercial detrás. Probablemente en unos años este tipo de innovaciones estéticas comience a ser cada vez más numeroso incluso radical, por las apuestas de este tipo de plataformas de ofrecer experiencias cinematográficas diferentes y encontrar un espacio de diferenciación en el cada vez más complejo y diverso universo cultural audiovisual.
Continuando con el análisis de este tipo de medios y su influencia en las condiciones de recepción estética del cine, un elemento a destacar es ciertamente la multiplicidad de formas de visionado diferentes que ofrecen. Además, incorporan los formatos de cine clásico y las películas creadas para sala, a sus propias plataformas, con lo que ya construyen múltiples niveles de recepción de un mismo producto artístico, cosa que ya pasaba con la aparición de los formatos de video-reproducción analizados, pero que ahora alcanza cotas enormes y una mayor diversidad y posibilidades.
De esta forma, la misma película podemos reproducirla en nuestro dispositivo de teléfono móvil mientras viajamos en avión, tren o metro, o simplemente en la sala de espera de un médico. Para empezar, los procesos de socialización, que habitualmente hemos visto que venían asociados a las prácticas de visualización del cine desde siempre, se rompen con este tipo de nuevas formas de reproducción. La experiencia de ver una película pasa en general de ser un acto social a un acto individual y privado. A pesar de que puedes ver la película que quieras, en ocasiones rodeado de cientos de personas, el uso de auriculares para aislarte sonoramente del resto de las personas que están en la estancia hace que puedas construir una experiencia individual y casi privada de visionado de la película. En este sentido, vemos también el importante papel jugado por el sonido en las experiencias de recepción estética audiovisual, y que en el presente se ha convertido en un instrumento de aislamiento social para focalizar la atención en uno mismo y su experiencia privada, que acontece, sin embargo, en espacios públicos y casi siempre repletos de gente que el uso de auriculares consigue anular parcialmente.
Pero incluso en el ámbito de socialización privada del propio hogar, muchas veces estas nuevas formas de visionado también se convierten en una experiencia privada e individual, donde cada miembro de la familia posee su propio dispositivo como tablets o portátiles y se aísla del resto, a pesar de estar sentados en el mismo sofá. El acto de visualización cinematográfica en la actualidad se está convirtiendo en un acto cada vez menos social, esto sigue sin afectar al visionado en salas, en el que nos aislamos y dejamos de compartir la experiencia del visionado adaptando nuestras experiencias a nuestros propios gustos y no dando concesiones a poder compartir con otras películas que no respondan a esos gustos privados. Concesión, incluso negociación, que sí hacemos cuando vamos al cine.
La multiplicidad de formatos y la fragmentación en el visionado son también consecuencia de este tipo de formas de reproducción que llevan a generar experiencias fragmentadas y múltiples donde podemos empezar a visionar una película o serie en casa en nuestro ordenador de sobremesa, continuar en el metro en nuestro móvil, y acabarla en el portátil en el descanso de la hora de la comida al día siguiente o dos días más tarde. Esto transforma por completo nuestra relación con la experiencia audiovisual y la aleja del necesario ritual asociado que nos predispone a experimentar más intensamente y, por tanto, facilita la asunción de experiencias estéticas más provechosas y con un mayor impacto que posee el cine en sala, por ejemplo.
No obstante, no deja de ser cierto que estas nuevas plataformas y medios han facilitado mucho, por otra parte, la relación con el cine y suponen en sí mismas un buen recurso educativo que puede ser aprovechado con esta finalidad. Pero es bien cierto que estas plataformas también nos permiten otro tipo de experiencias de visionado y facilitan el acceso a un catálogo de películas inmenso al que sería muy complicado acceder de otra manera. Así, más allá de las plataformas clásicas de creación y distribución de contenidos por internet como Netflix, HBO o PrimeVideo entre otras, existen cada vez más otras plataformas orientadas a ofrecer un tipo de contenido cinematográfico diferente. Entre ellas destacan especialmente dos Filmin y Mubi.
En el caso de Filmin, la suscripción al servicio ofrece el acceso a un amplio catálogo de películas de indiscutible calidad cinematográfica, agrupadas por temáticas y canales lo que nos permite explorar y visionar películas clásicas e incluso obras consideradas raras, ampliando nuestro repertorio visual y siendo un gran aliado en los programas educativos vinculados al cine. Incluso en muchos casos, esta plataforma se presenta aliada a muchos festivales y certámenes de cine independiente, ofreciendo canales propios asociados al festival donde podemos visionar todas las películas que se proyectaban en este en las salas de cine de este.
Mubi ofrece también un catálogo de películas en línea que también va cambiando. Se agradece en este caso que la selección de películas que se van ofreciendo incluya filmes con un alto contenido artístico y estético, en muchos casos directamente obras experimentales y con estéticas arriesgadas o alejadas del gusto mayoritario. Aunque como hemos visto el gusto es una cuestión cultural y educativa sin lugar a duda y el hecho de que estas plataformas ofrezcan una variedad de propuestas de experimentación, amplía las posibilidades y las capacidades de que más gente pueda tener acceso a estas obras y puede ir incorporando nuevas estéticas y formas de interpretar el mundo diferente a su propio repertorio de recepción estética.
También es importante dejar claro que las diferentes estéticas son perfectamente compatibles y que una persona con un amplio rango de experimentación de la cultura audiovisual tiene muchas más capacidades para disfrutar diferentes propuestas artísticas, desde las más comerciales y populares hasta las más innovadoras y experimentales. Ello le permite ampliar en gran manera las posibilidades de comprensión del mundo a través de las expresiones simbólicas cinematográficas que ofrece el cine y las producciones audiovisuales, enriqueciendo sus capacidades de conocimiento y de comprensión de diferentes realidades humanas y sociales mediadas por el arte y la experiencia estética.
Ampliar esas opciones de visualización es ampliar las posibilidades de conocimiento y comprensión del mundo, porque el mundo solo puede comprenderse mediado por contenidos simbólicos, ya que es inaprensible en sí mismo sin mediación ni interpretación. El cine y los medios artísticos, sus diferentes estéticas, son, por tanto, medios educativos y de aprendizaje del mundo de primer nivel, que deben ser fomentados. Se debe incorporar la visualización y comprensión de múltiples estéticas audiovisuales como un instrumento pedagógico esencial y conectado a las prácticas culturales contemporáneas y no sería descabellado incluso poder negociar desde los propios centros educativos suscripciones o accesos a plataformas o bases de datos audiovisuales para ofrecer libre acceso a esos contenidos a sus estudiantes y trabajar desde las aulas con estas obras como recursos educativos en potencia.
Otro tipo de experiencias de recepción diferente serían aquellas vinculadas a la forma en la que se experimenta el cine en una sala de proyección. Sin duda, nosotros defendemos las experiencias de visualización del cine en salas frente a cualquier otro tipo, sin renunciar a estos en absoluto debido a la gran flexibilidad y posibilidades que nos ofrecen en el ámbito pedagógico, como ya hemos visto. No hay que olvidar que el cine en origen ha sido concebido para ser proyectado en salas, y muchas películas aprovechan al máximo esta condición. También es cierto que en la actualidad se generan producciones audiovisuales precisamente creadas y pensadas para otros formatos diferentes, como también hemos visto.
No obstante, el cine proyectado en sala construye todo un ritual simbólico y una experiencia compartida, frente al cine que se visualiza en solitario, en el hogar, el ordenador, el Smartphone, etc. Ver una película en público, como acto social y como acto público, supone una acción, un acontecimiento social y vital de gran importancia cultural en nuestros días. El mero hecho de desplazarse a la sala ya construye una serie de expectativas del acontecimiento que predisponen para una experiencia estética más intensa. Incluso la gente que va sola al cine participa de un acto social compartido con otras personas que no conoce.
El cine en sala, compartido con otros supone también una prueba que nos permite comprendernos mejor, entender nuestras debilidades en el sentido de que nos puede llegar a hacer sentir incómodos, molestos cuando nos provoca y nos remueve determinadas sensaciones y sentimientos como alegrías, risas, llantos, vergüenza, ofensa, etc. en un ambiente de complicidad con los otros. Es decir, se trata de establecer e incorporar estrategias respecto a cuestionarnos la razón por la que una película nos ha removido en algo y explorar ese algo, que nos ha molestado de determinada escena y descubrir así nuestras debilidades, nuestros prejuicios, nuestras filias y fobias.
También incorporamos lógicamente la exploración de nuestras potencialidades, si somos capaces de conectar empáticamente con determinadas cuestiones, si nos hemos sentido más unidos al resto de personas que nos acompañan por alguna cuestión surgida desde la película, es decir sentimientos de solidaridad, si no hemos necesitado ocultar la expresión de nuestras sensaciones, llorar, por ejemplo, etc. En definitiva, explorar toda una serie de posibilidades de experimentación frente a las potencialidades estéticas, creativas y narrativas que las películas nos ofrecen como una vía para aprender sobre nosotros colectivamente y generar toma de conciencia, reflexión, y procesos de transformación. También para imaginar a partir de ahí la exploración del universo de lo posible que el cine es capaz de indagar y mostrar.
© Ricard Ramon. 2019, 2025.
Texto con fragmentos del libro De Película. Cine para educar en diversidad. Tirant lo Blanch. 2019.