Los medios del acto fotográfico

El acto se articula a través de un medio. La fotografía, como cualquier obra artística, necesita ser mediada por la tecnología, entendida como el medio de transformación de la materia o de visualización material activa del pensamiento. La tecnología es resultado del pensamiento, pero a su vez, también condiciona y estimula nuestra forma de pensar de maneras diferentes, por lo que es necesario reflexionar brevemente sobre las condiciones del medio tecnológico y su influencia decisiva en la construcción del acto.

Mi preferencia por las tecnologías fotográficas analógicas frente a las digitales, se basa en la premisa de facilitar la construcción del acto, pero no es ningún impedimento para su desarrollo, la práctica de la fotografía digital. Puede que quizá lo complique un poco más e implique un mayor esfuerzo por parte de la persona que participa en el acto, pero es perfectamente posible, dado que el acto, no se circunscribe a la limitación de una tecnología determinada. Tiene más que ver con una actitud vital y poética y una mirada precisa que entiende las cosas y el mundo más allá de un supuesto sentido literal. El acto, precisamente, desafía la construcción literal del mundo.

La fotografía, o todo aquello que llamamos fotografía, implica una serie de fenómenos que en realidad muchas veces tienen poco que ver entre sí, más allá de su vinculación con la imagen o con la producción de una imagen. A mí solo me interesa la fotografía que es producto del acto. El resto, aunque se siga llamando por el mismo nombre, construye una relación de experiencia con el mundo que se escapa de las intenciones reflexivas de este texto.

El medio tecnológico que facilita la concreción del acto, es fundamental, por tanto, para comprender su naturaleza. La fotografía no deja de ser un artefacto tecnológico, pero también lo es la escritura y la práctica totalidad de los medios con los que el ser humano produce y crea conocimiento. El hecho de que se le impute una mayor dependencia tecnológica a la fotografía que a otras artes o ciencias no tiene demasiado sentido si se analiza detenidamente, pero en ocasiones se argumenta en exceso sobre esta supuesta carga. El problema es que acaba siendo una carga muy pesada que arrastra su conceptualización y afecta a la propia estructura del acto. 

El medio también se vincula con el acto y con el cuerpo. La fotografía se ha definido en ocasiones como una extensión del sentido de la vista, pero en realidad es una extensión del pensamiento poético. Algunos dispositivos fotográficos, más pensados para el extracto que para el acto, parecen extender el cuerpo, como los palos de selfi, que pretenden expandir nuestros brazos más allá de nuestro cuerpo. El problema, con este tipo de dispositivos, es que expanden nuestra visión en apariencia, pero en realidad construyen un registro incontrolado y alejan al cuerpo de la experiencia de la imagen.

Las cámaras tradicionales, especialmente las cámaras con visor, nos conducen a una relación estrecha con el dispositivo, uniendo literalmente nuestro cuerpo a la cámara, obligándonos a una relación íntima y próxima, más humana, por tanto, y a una selección que no pasa por la pantalla digital, sino directamente desde el objeto a nuestro ojo dominante y a nuestro pensamiento. Una acción que nos obliga a estar cara a cara frente a lo que queremos fotografiar. Nos obliga a mirar fuera del visor y mirar dentro del visor y jugar a desarrollar esa correspondencia del objeto y de la imagen que deseamos crear, en referencia directa a nuestra mirada y a nuestra experiencia.

De esta forma, el cuerpo deviene de nuevo en protagonista esencial del acto, como reclamo de forma permanente en este texto, teniendo en cuenta que el pensamiento se extiende mucho más allá del cerebro y que el cuerpo contribuye de manera directa y notable al desarrollo de ese pensamiento. También del pensamiento visual y creativo, obviamente, que es el que construye mundos y define nuestro mundo conocido, no perdamos nuestro rumbo en ningún momento en este relato.

Otro tipo de artefactos fotográficos, como los móviles o las cámaras sin visor, nos permite registrar imágenes alejadas de la experiencia. El ejemplo más claro y más sintomático de este tipo de registros ajenos al acto fotográfico, simples registros fotográficos, los percibimos, cuando asistimos a algún acontecimiento público y nuestro vacío espíritu registrador nos lleva a alargar los brazos sobre la multitud, que a su vez hace el mismo gesto registrando sin ver aquello que supuestamente debe ser visto. Esta acción genera una situación absurda y contradictoria en la que, por efecto de los gestos de los brazos en extensión de múltiples personas, la mirada hacia el acontecimiento es anulada.

El ansia registradora actúa así como capadora de la libertad de la mirada, que es coartada en pos de un supuesto derecho máximo y anulador de libertades que es el registro. El poder violentador del registro estimulado por determinados medios fotográficos, más que expandir la visión, la limita y la anula. Sustituye la mirada corporal, por el registro extracorporal y no humano y cuya única posibilidad es conformarse con observar el acontecimiento a través del registro de los mismos que azotan e impiden el derecho a la mirada y que se atribuyen así mismos el derecho al registro, aunque te priven a ti del sagrado derecho a la mirada.

Las prácticas extractivas de la imagen coartan la libertad individual hasta extremos insospechados y nos imposibilitan la práctica esencial y el derecho fundamental a la mirada, a experimentar la observación de los entornos que configuran el mundo en correlación con nuestra conciencia y experiencias. No podemos hacernos una idea de lo terrible que es un simple y aparente gesto inocente, promovido por estas tecnologías extractivas de la imagen. El consumo desmedido de extractos visuales vacíos y carentes de vida, condenados a perderse en el olvido digital al instante, dado que la mayor parte de esos registros visuales ni tan siquiera serán vistos ni una sola vez, incluso por la persona registradora, implica un atentado a las libertades personales. Esto debería ser tipificado, al menos como falta, en algún cuerpo legislativo.

Evidentemente, sería más deseable y conformable una educación visual y estética de calidad que permitiera gestionar este hecho desde la razón compartida y la empatía social y cívica. Sin embargo, en la sociedad donde el único relato imperante es del materialismo y sus derivas registradoras extractivas, la tarea se presenta titánica, dado que requiere de un cambio previo de paradigma filosófico, que ningún poder contemporáneo del presente está dispuesto a liderar. Preferirán conducirnos a la extinción antes de abandonar su dogma normativo sobre la forma de interpretar el mundo y al ser humano.

Nos enfrentamos a uno de los absurdos más notables a los que nos ha llevado la renuncia al acto fotográfico, estimulada por determinados medios de registro fotográfico. El acto no está concebido para registrar acontecimientos de supuesto interés, sino para la observación poética de la vida y la construcción de nuevos conocimientos sensibles sobre las experiencias de la vida, como el arte, y ciertamente, determinados medios y tecnologías fotográficas lo facilitan, mientras otras lo comprometen, lo complican o lo hacen directamente imposible.  

© Ricard Ramon. 2024. 2025.
Si quieres saber más sobre el acto fotográfico y su importancia, puedes leer [mi artículo académico publicado en la revista Communiars.